La energía humana

Es complicado encontrar una definición “universal” a un término que es empleado, frecuentemente, en el mundo científico y en el espiritual. No obstante, la mayoría de los estudiosos está de acuerdo en que “energía” es sinónimo de “fuerza”, o la “capacidad para hacer algo”. Por ejemplo, para que el Gran Acelerador de Hadrones dispare a velocidades cercanas a las de la luz los protones para su colisión, los físicos requerirán de una gran cantidad de “energía”. Para alumbrar una ciudad, como sabemos, hará falta un gran generador de energía, que en este caso denominaríamos energía eléctrica. Es decir, la energía es una fuente de poder, el “alma del Universo”. Y en nuestro plano, hay muchas formas de entenderla y manipularla, sea ésta eléctrica, magnética, o atómica. ¿Pero, qué ocurre en nosotros mismos? Nuestro cuerpo, al igual que la materia, está compuesto por átomos, y más allá de ello, hallamos un gran espacio “vacío” que está inundado de energía. Una fuerza que incluso se emana fuera de nosotros mismos como un campo de fuerza, vivo, concreto y medible.

Este campo es conocido por muchos investigadores como el Aura, un cuerpo bio-plasmático que rodea a los seres vivos y que incluso puede ser fotografiado gracias a la famosa cámara Kirlian. Existen, pues, diversos indicios que señalan al hombre como un ser más complejo, no sólo de carne y hueso, y aparentemente “construido por líneas de fuerza”. Esta visión del hombre afirma que un desequilibrio en nuestra energía podría llevarnos a la materialización de una enfermedad. Supuestamente, ello no sólo ocurre por cómo vivimos, o cómo y qué comemos, sino también por cómo pensamos, o con qué energías o fuerzas, por decirlo de algún modo, nos relacionamos. La responsable de casi todas estas cosas sería la polarización y equilibrio de esa fuente de poder que llamamos energía, sea ésta emanada de nuestros cuerpos o la que empleamos en la Tierra para estudios científicos.

Como era de esperarse, esta visión “espiritual” u “holística” de la energía en el ser humano fue discutida por la medicina occidental, al menos hasta que las enseñanzas orientales cruzaron el océano y aportaron una visión más completa sobre nuestro organismo. Y aunque aún existe cierta resistencia por parte de la comunidad médica, muchos doctores comprendieron que la clave para entender nuestro maravilloso cuerpo biológico, se halla en la energía y su correcta alineación.

Hoy en día se dispone de muchas técnicas espirituales y terapias alternativas para equilibrar y fortalecer nuestro campo energético y relacionarnos mejor con ese mundo mágico que se muestra invisible para el “no iniciado”.

La mecánica cuántica parece aproximarse a ese misterio y no pocos médicos la han asociado a sus terapias. Y es que el universo de las partículas subatómicas parece llevarnos a una comprensión diferente de nosotros mismos. Un ser humano más complejo y quizá más simple de lo que nos imaginábamos.

Pero, si somos fundamentalmente energía, ¿cómo fortalecerla? ¿Es posible proyectarla a otras personas? ¿Es posible canalizar o recibir energía de otras fuentes?

Partiendo del principio de que todo en el Universo es en esencia energía, desde las estrellas, los planetas, y desde luego, las criaturas, debería existir un nexo que agrupara a todo el Universo desde dentro, una suerte de enlace invisible, pero poderoso, que atesorara el misterio de la vida y su proyección en este plano. Un campo unificado que no distinguiera a una hormiga de una montaña, a una persona de una galaxia. De acuerdo a la visión extraterrestre, uno de los mayores problemas del ser humano es vivir “sintiéndose” desconectado del Universo. Esa sensación, o miedo, o certeza personal por criterios errados, termina separando al individuo de un flujo poderoso que si bien es cierto se halla intrínseco en él, “desaparece” por el simple hecho de ser ignorado. Lo que dicen los seres de las estrellas es que el tomar conciencia de nuestra integración con el “todo” reestablece, o mejor dicho, “activa”, una relación viva con el Cosmos, transformándonos en seres más completos y conscientes. Parece fácil, pero no lo es. Ese primer paso, el de tomar conocimiento de quiénes realmente somos y cómo nos hallamos relacionados con el Universo -que somos parte de él- requiere no sólo de una decisión, sino de disciplina para vivir acorde a tan importante revelación.

 Internamente, sostiene esta enseñanza, ya nos hallamos conectados con el Cosmos. Pero podemos reestablecer esa comunicación canalizando fuentes de poder que encierran el secreto mismo de la Creación. Una de ellas, por ejemplo, es la Tierra. Su energía se puede absorber y sentir abrazando un árbol o caminando con los pies descalzos a orillas de una playa. El Sol, nuestra estrella, nos puede enlazar con el Universo si nos predisponemos a canalizar su energía más allá de lo que significan sus rayos convencionalmente hablando. Una meditación contemplativa, observando al Sol como hacían los pueblos antiguos, en el amanecer o el atardecer (en esos momentos no lastima la vista) puede activar esa conexión con lo sagrado, con los orígenes, y por ende con nuestras capacidades ocultas.

En nuestro plano, el ser humano interactúa con redes de poder o de energía que afectan su desarrollo en el planeta y con las criaturas. Todo a nuestro alrededor ejerce una influencia y nos afecta. Esa fuente de energía nos podría permitir fluir para la realización de grandes tareas, o ser tan sólo pequeños barcos de papel arrastrados por la corriente de ese río de ignoradas posibilidades.

Para dar una idea, he aquí las tres redes principales de poder:

1. Red Terrestre. Involucra la energía telúrica, la fuerza del planeta y su poderoso campo energético. Allí, donde se unen sus líneas de fuerza, formando nodos o vórtex, los antiguos erigieron altares, obeliscos, templos y pirámides. Conocían de su poder. Muchos de estos lugares aún se encuentran ocultos de la mirada del hombre.

2. Red Cósmica. Señala la fuerza que emanan las estrellas, más allá de su radiación de luz. Hablamos de un tipo de energía sutil, “invisible”, pero poderosa, que puede ser recibida y canalizada en estados de meditación, hallándonos en la frecuencia correcta. Al parecer, ciertos grupos estelares transmiten una energía o influencia particular, un secreto que conocían las antiguas civilizaciones, y quizá la razón de por qué señalaron sus principales construcciones a determinadas constelaciones.

3. Red Humana. También llamada “morfogenética”, sintetiza el aporte psíquico de los seres humanos. Todos nosotros emitimos una vibración, una longitud de onda que al sumarse con otros aportes constituyen una red de influencia que en el mundo esotérico se conoce con el nombre de “egregor” o “cuerpo místico”, aunque la definición de Red Humana va más allá, estando más cerca del concepto de “masa crítica” o de “consciencia global humana”, como lo estudia actualmente la Universidad de Princeton en New Jersey.

Adicionalmente a estas tres redes principales, en nuestro planeta existen “espejos de energía”, que son herramientas de poder que pueden amplificar o conducir el flujo de estas redes hacia determinados propósitos. Por ejemplo, la existencia de los Discos Solares de Poder entran en este tipo de “red alterna”.
Fuente: Legado Cósmico

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